LA VANGUARDIA. BARCELONA. miércoles 6 de septiembre de 1999

Descendientes de "los últimos de Filipinas denuncian que casi nadie se acuerda ya del sitio de Baler

DOMINGO MARCHENA

BARCELONA

Los últimos serán los primeros, sí. "Los últimos de Filipinas" han sido los primeros en ser olvidados por la historia. ¿Quién oye hablar de El Álamo sin imaginarse héroes con cara de John Wayne? Pero, ¿quién ha oído hablar de Baler? En este pueblo de la isla de Luzón, a 180 kilómetros de Manila, un grupo de soldados protagonizó hace 100 años una gesta que habría hecho las delicias de Holly-wood si hubieran sido estadounidenses. Descendientes de aquellos soldados se han reunido este fin de semana en Barcelona para recordarles y denunciar el olvido oficial.

Un destacamento de 50 hombres, naturales de cuatro pueblos catalanes y de otras 29 localidades españolas, fue enviado a la guarnición de Baler. Cuando España capituló y se retiró del archipiélago, dejando vía libre a Estados Unidos, como antes pasó en Cuba, nadie se acordó de aquel puesto remoto. Sitiados e ignorantes del fin de la guerra, resistieron durante 337 días, sin apenas municiones ni víveres.

Es un episodio que se presta mucho a la exaltación patriótica, al fanatismo nacionalista, como sucedió con "Los últimos de Filipinas", la película con la que el cine franquista quiso apropiarse de la historia. Los familiares que se reunieron en el hotel España anteanoche pusieron las cosas en su lugar. "Fueron héroes porque no les quedaba otro remedio. La mayoría fue a Filipinas a la fuerza y al que quería entregarse lo fusilaban". Entre los descendientes hay dos alcaldes cuyos tíos abuelos estaban entre los sitiados: Francesc Pineda, de Sant Feliu de Codines, y Ramon Vila, de Talteüll. Pere Mir, un vecino de Guissona, es el nieto de otro de los supervivientes. El cuarto catalán del destacamento, Pere Planas, de Sant Joan de les Abadesses, murió sin descendencia. Pero en el hotel España había también familiares venidos de otros muchos rincones. De Murcia o del pueblo valenciano de Carlet, como los Buades. Todos conservan como oro en paño los botones de las guerreras, las condecoraciones, las cruces. El alcalde Pineda recuerda el caso de un viejo soldado al que tenían por loco en su pueblo y que se ponía todas sus medallas cada domingo, "un poco como el actor aquel de Tarzán que gritaba como su personaje en el geriátrico". Durante el asedio, los sitiadores les hicieron llegar diarios de Madrid para convencerles de que la guerra había acabado, pero ellos creyeron que era una trampa y los diarios, falsos.

Así, hasta que el teniente Martín Cerezo, que luego llegó a general, descubrió en unas notas de sociedad que un amigo se había casado y pensó que eso ya no se lo podían haber inventado. Ya sólo quedaban 31. Habían comido ratas y resistido hasta límites casi sobrehumanos. Se entregaron con honores y el propio presidente de la naciente República, Emilio Aguinaldo, elogió su "valor, constancia y heroísmo".

Para heroicidades, las que protagonizaron de vuelta a España, donde no sólo lucharon contra el olvido y las secuelas del beri beri y de tantas privaciones, sino que sacaron adelante a sus familias con una exigua pensión. Llegaron el 1 de septiembre de 1898. El centenario ha pasado de puntillas. Ni un acto oficial. Sólo un libro de Manuel Leguineche, una exposición en el Museo de Antropología de Madrid y reuniones como la del sábado, paradójicamente promovidas por un filipino, Exequiel Sabarillo, estudioso de la rendición de Baler y convencido de que el coraje, al contrario que los ejércitos, no tiene banderas.