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El Periódico

SECCIÓN: Internacional

Jueves, 8 de octubre de 2001

Ciegos, sordos y mudos

La primera etapa de la ofensiva busca dejar inerme al mando talibán

ARTURO VINUESA
CORONEL DEL ESTADO MAYOR

Una vez terminada la acumulación de los medios necesarios, la fase preliminar de la respuesta de la alianza militar formada en torno a Estados Unidos tras la agresión del 11 de septiembre, se ha producido la primera acción armada contra el conglomerado terrorista que acoge el régimen talibán. Es el preludio de la segunda batalla --la primera la habían ganado los sicarios de Bin Laden y Mohamed Omar-- de esta guerra que podría resultar muy larga.

En un primer análisis, las acciones llevadas a cabo por las fuerzas aliadas responden a la más ortodoxa concepción de los inicios de cualquier operación militar. Efectivamente, dado que en esta guerra irregular no existe un frente establecido y, por tanto, no se contempla la acción de dos ejércitos en contacto, la misión que debe desarrollar la clásica etapa de preparación por el fuego --previa y preceptiva a cualquier acción militar-- ha sido sustituida por la aviación de combate y por los misiles lanzados desde sus bases de fuego situadas en el mar de Arabia y en el golfo Pérsico.

El resultado de esta batalla no sólo debe ser la victoria de las fuerzas de la alianza, sino que debe ser de tal acierto e intensidad que deje al régimen afgano con la menor capacidad de respuesta posible. Para llevar a cabo esta acción los objetivos que se tienen que abatir deben ser aquellos que dejen ciego, sordo y mudo al órgano de decisión talibán.

Es decir, hay que destruir sus órganos de mando y control para evitar o al menos limitar sus posibilidades de comunicación y, por tanto, de respuesta. En este sentido el bombardeo de los aeropuertos de Kandahar, Kabul y Jalalabad parece perseguir dichos objetivos, puesto que, si escasa era la capacidad aérea del régimen de Kabul, tras los bombardeos y los efectos de los misiles estadounidenses sobre la infraestructura aeroportuaria dicha capacidad, desde el punto de vista operativo, ha debido quedar bastante mermada.

No obstante, la acción aérea raramente es decisiva en una guerra, pues si bien los órganos de mando pueden quedar destruidos, la realidad es que el número de bajas que provocan en las fuerzas terrestres no es significativo --y más aún en el caso del complicado territorio afgano y contra un enemigo alertado y protegido--.

Será, pues, necesario actuar contra las fuerzas terrestres de Kabul si se quiere tener un éxito, al menos parcial, en esta segunda batalla entre la alianza del mundo libre y el mundo del terror.

Dadas las circunstancias operativas del conflicto interno en Afganistán, la acción más lógica a emprender debería ser un apoyo decisivo y eficaz a la ofensiva de la Alianza del Norte para consolidar el frente entre Mazar-a-Sharif y la frontera con Tayikistán, facilitando la unión de dicho núcleo con las fuerzas que combaten al norte de Kabul, para hacer más fluido y eficaz el apoyo occidental en el cerco a la capital afgana.

La posible y temida respuesta del régimen de Kabul no será en el campo de batalla, sino en el del terror. Y la calidad de dicha respuesta dependerá de lo eficaz y letal que haya sido este primer golpe contra las bases del terrorismo en suelo afgano.

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