Ciegos, sordos y mudos
La primera etapa de la
ofensiva busca dejar inerme al mando talibán
ARTURO VINUESA
CORONEL DEL ESTADO MAYOR
Una vez terminada la acumulación de los medios necesarios, la fase
preliminar de la respuesta de la alianza militar formada en torno a
Estados Unidos tras la agresión del 11 de septiembre, se ha producido la
primera acción armada contra el conglomerado terrorista que acoge el régimen
talibán. Es el preludio de la segunda batalla --la primera la habían
ganado los sicarios de Bin Laden y Mohamed Omar-- de esta
guerra que podría resultar muy larga.
En un primer análisis, las acciones llevadas a cabo por las fuerzas
aliadas responden a la más ortodoxa concepción de los inicios de
cualquier operación militar. Efectivamente, dado que en esta guerra irregular
no existe un frente establecido y, por tanto, no se contempla la acción
de dos ejércitos en contacto, la misión que debe desarrollar la clásica
etapa de preparación por el fuego --previa y preceptiva a cualquier acción
militar-- ha sido sustituida por la aviación de combate y por los misiles
lanzados desde sus bases de fuego situadas en el mar de Arabia y en el
golfo Pérsico.
El resultado de esta batalla no sólo debe ser la victoria de las
fuerzas de la alianza, sino que debe ser de tal acierto e intensidad que
deje al régimen afgano con la menor capacidad de respuesta posible. Para
llevar a cabo esta acción los objetivos que se tienen que abatir deben
ser aquellos que dejen ciego, sordo y mudo al órgano de decisión
talibán.
Es decir, hay que destruir sus órganos de mando y control para evitar
o al menos limitar sus posibilidades de comunicación y, por tanto, de
respuesta. En este sentido el bombardeo de los aeropuertos de Kandahar,
Kabul y Jalalabad parece perseguir dichos objetivos, puesto que, si escasa
era la capacidad aérea del régimen de Kabul, tras los bombardeos y los
efectos de los misiles estadounidenses sobre la infraestructura
aeroportuaria dicha capacidad, desde el punto de vista operativo, ha
debido quedar bastante mermada.
No obstante, la acción aérea raramente es decisiva en una guerra,
pues si bien los órganos de mando pueden quedar destruidos, la realidad
es que el número de bajas que provocan en las fuerzas terrestres no es
significativo --y más aún en el caso del complicado territorio afgano y
contra un enemigo alertado y protegido--.
Será, pues, necesario actuar contra las fuerzas terrestres de Kabul si
se quiere tener un éxito, al menos parcial, en esta segunda batalla entre
la alianza del mundo libre y el mundo del terror.
Dadas las circunstancias operativas del conflicto interno en Afganistán,
la acción más lógica a emprender debería ser un apoyo decisivo y
eficaz a la ofensiva de la Alianza del Norte para consolidar el frente
entre Mazar-a-Sharif y la frontera con Tayikistán, facilitando la unión
de dicho núcleo con las fuerzas que combaten al norte de Kabul, para
hacer más fluido y eficaz el apoyo occidental en el cerco a la capital
afgana.
La posible y temida respuesta del régimen de Kabul no será en el
campo de batalla, sino en el del terror. Y la calidad de dicha respuesta
dependerá de lo eficaz y letal que haya sido este primer golpe contra las
bases del terrorismo en suelo afgano.