DURANTE la Segunda Guerra Mundial, el Ejército estadounidense descubrió que el
despliegue de los paracaídas fallaba en un 5 por ciento de los saltos. Y el sargento
responsable de la unidad preguntó al jefe de la división: «Señor, ¿cómo voy a decir
a los paracaidistas, cuando los envíe a una operación, que uno de cada veinte
paracaídas no se abrirá?». «Muy fácil», dijo el mando al subordinado. «Dígales que
a partir de mañana, los plegadores de paracaídas y los verificadores de la operación
saltarán con ellos para mejorar el problema de control de calidad». En ese momento
exacto nació el concepto universal «cero defectos». Desde entonces la mejora permanente
de la calidad en el mundo económico y empresarial es un imperativo de supervivencia:
depura el sistema, barre del mercado los productos defectuosos, castiga implacablemente a
los directivos que cometen errores ruinosos. ¿Se imaginan ustedes una enfermera que sólo
deja caer al suelo uno de cada diez bebés que maneja, un arquitecto al que sólo se le
hunde una de cada veinte casas que diseña, un cirujano que mata a uno de cada treinta
pacientes que opera? Bueno pues, en el ámbito político, esto ocurre todos los días y no
pasa nada. Y peor. Hay dirigentes capaces de tomar diez decisiones al día y todas
equivocadas sin que sus votantes rechisten. Y en vez de que sus carreras terminen como los
folletones antiguos y las fotonovelas modernas con el triunfo de la bondad y el
castigo de la perversidad pueden presentar un balance de gestión con más errores
que aciertos sin que crujan las estructuras. ¿Resistirían ciertos dirigentes del PNV un
control de calidad? ¿Es inevitable aceptar sus errores y sus defectos? ¿Pueden
permanecer en tierra después de haber lanzado al País Vasco a un abismo sin paracaídas?