No es el único dato que demuestra el afán de
Defensa por asegurar más el tamaño del futuro Ejército profesional -disponer como sea
de un contingente de 110.500 hombres en el año 2002- que la capacidad y la calidad del
soldado. En la última convocatoria del año pasado fueron admitidos aspirantes con una
nota de 0,5 sobre 10, lo que provocó una seria preocupación en el seno de la Comisión
de Defensa del Congreso.
Sin duda, esta estrategia de reclutamiento responde al progresivo
descenso del número de jóvenes que optan por ser soldados profesionales. Durante 1999,
la proporción de aspirantes por plaza fue de 1,6, lo que se ha traducido en un déficit
de 2.500 soldados profesionales sobre los 65.000 previstos. El mejor camino para llegar a
la cifra de 85.000 prevista para este año o a la de 110.500 para el 2002. No es racional
rebajar las condiciones de acceso hasta límites incompatibles con las mínimas exigencias
de profesionalidad. Un Ejército profesional moderno se caracteriza sobre todo por el
nivel de instrucción de sus miembros, en consonancia con la complejidad de las armas y
las tecnologías modernas que manejan y las misiones que deben cumplir.
Aznar vinculó la total profesionalización de las Fuerzas Armadas
en el año 2002 a las disponibilidades económicas. De momento, éstas son favorables,
pero no lo suficiente para hacer atractiva la profesión de soldado, que probablemente
requiere nuevas y mejores contraprestaciones. Pero si los jóvenes no se sienten atraídos
por la milicia ni siquiera como forma de ganarse la vida, y dado que la sociedad ha pasado
página respecto a la mili, lo razonable sería adecuar el tamaño del Ejército
profesional a esas disponibilidades humanas, y no rebajar su nivel. Es mejor un Ejército
pequeño y bueno que grande y malo.