LA VANGUARDIA. OPINIÓN lunes 14 de febrero de 2000

LA POBRE demanda por parte de jóvenes debidamente cualificados era previsible

Reclutar, salga lo que salga

FRANCISCO L. SEPÚLVEDA

Defensa acaba de decretar drásticas rebajas en cuanto a los requisitos exigibles -culturales, de cociente intelectual y físicos- a los candidatos a ingresar voluntariamente en las fuerzas armadas. Así se trata de cubrir las 17.500 plazas ofertadas este año para alcanzar, en el 2002, los efectivos que permitan suprimir el servicio militar obligatorio (SMO). Echando mano, claro, de una bolsa evaluada en 200.000 jóvenes incapaces para otros puestos de trabajo. Las rebajas han motivado que portavoces del "frente progresista", ya que el término "popular" cambió de signo ideológico, pusieran el grito en el cielo calificando la situación de suicida, agónica, disparatada, etcétera. La solución, para esos señores, pasa por reducir todavía más los efectivos. Teoría archisabida desde que se inició el debate sobre la profesionalización militar.

La pobre demanda por parte de jóvenes debidamente cualificados, origen del problema actual, era previsible desde que tras las elecciones de 1996 el PP tuvo que aceptar la supresión del SMO como condición impuesta por CiU para el pacto de gobernabilidad. Una decisión improvisada, no estudiada con detenimiento. Tampoco el PSOE había pensado en tal posibilidad, que evidentemente comportaría serios incrementos del presupuesto. Sencillamente, por pasar de unos ejércitos con mano de obra prácticamente gratuita a otros con salarios que pretenderían resultar competitivos, de no ser que reinara un paro juvenil masivo. Prueba de ello es que entre 1990 y 1997 dicho presupuesto cayó del 1,67 al 1,11 por ciento de un PIB creciente y de un 6,59 del gasto general del Estado a un 3,64. Las dificultades para abordar una profesionalización contrarreloj eran tan evidentes que escribí, en esta y otras publicaciones, una docena de artículos anticipando una problemática basada en una serie de razones al alcance de cualquier experto, civil o militar, buen conocedor de los antecedentes y perspectivas del improvisado proyecto. Un vaticinio pesimista, por desgracia acertado, que podría degenerar en una gran chapuza defensiva.

¿En qué se basaba tal opinión? Con independencia de las razones económicas, agravadas por la urgencia de proceder simultáneamente a la modernización de armamentos y medios, destacan otras circunstancias poco sacadas a la colación. Primera, la nula experiencia sociológica y estadística española, legionarios y moros aparte, sobre reclutamiento de voluntarios. Segunda, las presiones políticas del frente progresista y los nacionalistas para liquidar la mili a toda prisa; unas presiones aún vigentes pese al desolador panorama del momento. Tercera y más importante, el resultado imaginable de unos veinte años de campañas pacifistas, antimilitaristas, de objeción e insumisión desarrolladas por docenas de organizaciones bien estructuradas y dirigidas, en su mayoría alimentadas con fondos públicos de diversas procedencias. Estas campañas lograron desprestigiar no sólo la mili, sino al conjunto de la institución militar. Sin mala intención, posiblemente por omisión más que por acción, también a los mandos superiores corresponde cierto tanto de culpa.

El balance final ha producido un desinterés generalizado, puede que irreparable, sobre la defensa en un grado inexistente en otros países europeos que van hacia la profesionalización. Por el esmero y cuidadosa preparación ejecutiva resalta Francia, de la que quisimos copiar. Tomándose un plazo de siete años y partiendo de un generoso presupuesto, con pagas al SMO, en el 2002 habrá pasado de unos efectivos totales de 502.460 militares (con casi la mitad de SMO) y 74.900 empleados civiles a 352.700 profesionales seleccionados y 81.300, respectivamente. La excepción más notable, con SMO, es Alemania con un sistema mixto a base de tres componentes.